Llevo un mes visitando La Casona de Ñuñoa casi todas las semanas, y ya puedo decir que es de esos locales de barrio que uno quiere mantener en secreto. No es un restaurante de moda ni pretende serlo: es una casa antigua convertida en comedor, con mesas de madera, manteles de cuadros y una carta corta que cambia según lo que encuentren en la feria.
La primera vez fui un martes al mediodía, buscando un lugar tranquilo para almorzar sin apuros. Pedí el plato del día, un estofado de osobuco con puré de papas rústico, y me sorprendió la paciencia del cocinero con los tiempos. No es comida rápida ni pretende serlo; aquí el plato llega cuando está listo, y eso se nota en el sabor.
Lo que más valoro después de estas cuatro visitas es la consistencia. El pan de masa madre que sirven de entrada siempre está tibio, la atención es cercana sin ser invasiva, y los precios se mantienen dentro de lo razonable para un almuerzo completo. He probado también el pastel de choclo un viernes y la cazuela un domingo, y ambos platos mantienen el mismo nivel de cuidado.
Si tengo que mencionar un detalle, es que los fines de semana se llena rápido y conviene llegar antes de las 13:30 si quieres mesa sin esperar. Los días de semana, en cambio, el ritmo es más pausado y el cocinero incluso se da el tiempo de conversar con los clientes habituales. Para mí, eso es parte de la experiencia.
Después de este primer mes, La Casona se ganó un lugar fijo en mi rotación de almuerzos. No es el lugar para una cena formal ni para probar cocina de autor, pero si buscas comida chilena honesta, bien hecha y en un ambiente de barrio, es difícil encontrar algo mejor en la zona.